DESCUBRIENDO ABÍNZANO


Nuevamente me dirijo en busca de nuevos secretos que me depara mi querido valle. Esta vez es Abínzano quien ocupa mi inquietud. Mi llegada al mismo es un cúmulo de recuerdos infantiles. Los fines de semana de una etapa de mi infancia los pasé en este pueblo, jugando con una niña de imaginación sin limites. Cualquier espacio natural, árbol, o sotillo del barranco nos parecía propicio para crearnos un elemento de juego. Mi llegada a Abínzano es recibida por una higuera en la que nos columpiábamos. Al verla sonrío y me parece haber menguado cual persona que se hace mayor y acusa el peso de una vida meciendo a sus descendientes, como ella misma nos acunaba.

Mis ojos infantiles no miraban los secretos que guardaba Abínzano, por lo tanto ahora con ojos más “maduros” busco al Avintius del S.XXI. El nombre de Abínzano indica propiedad y parece ser que en su tiempo perteneció a un Señor de dicho nombre. Salvando las distancias busco a uno de estos Avintius actual, un hombre dedicado a la ganadería que muy amablemente accede a abrirme la iglesia ante mi petición.

La iglesia era un espacio que en mis juegos infantiles con mi amiga pocas veces prestábamos atención y por ello no llegábamos a ver más allá de un pórtico de triste decoración. Pero es hoy, al abrir la puerta cuando un colorido retablo me sorprende con la figura barroca de San Pedro en Cátedra con ropajes pesados y empuñando una cruz. Un arcosoleo en el lado del evangelio, cuya repisa es un altar; llama mi atención, y el Criadico, que no ha faltado a nuestra cita, me insinúa que puede ser de alguna antigua ermita de uno de los pueblos colindantes, ya que Abinzano contó solo con esta iglesia.

Ante el desconocimiento del Criadico, mis ojos se detienen en un Cristo de factura popular pero de gran dramatismo que data del siglo XVII. Mi mirada se detiene en los pies que están inacabados, seccionados intencionadamente para engarzarle una terminación de plata que solo conserva en una de los pies. Cuánta piedad hubo movido este Cristo, para poner este material que no se desgasta con los labios de los piadosos. Aunque ya desde hace tiempo, los únicos labios que lo rozan son los del polvo y el olvido.

Cuando salgo de la iglesia un sol agonizante se cuela por los barrotes de una casa señorial de grandes dimensiones que pudo ser en origen la morada de Avintius. Es un buen momento para caminar por el pueblo, con la vista alzada, viendo cada alero, cada dintel, alguno de ellos con inscripciones, pero muchas de las casas, por no decir todas son de nueva factura. Frente a una de ellas es donde encuentro de nuevo la higuera-columpio. Detenida ante ella, encuentro una pareja con una niña, de ojos chisposos y carita sonriente. Es muy pequeña, pero ya apunta maneras de tener una gran interés por las cosas. Confío que esta curiosidad la lleve algún día a preguntarse sobre la historia del pueblo que la esta viendo crecer, aunque ahora es momento de otro disfrute, del de la higuera-columpio, de los rincones y sotillos del barranco…. Ya tendrá tiempo de mirar a los aleros, preguntarse por los pies sesgados del Cristo de la iglesia, y estoy segura, que ahí estará el Criadico que desde Izaga le transmitirá todos los secretos a través de los vientos.

Comparte en redes socialesShare on FacebookPin on PinterestTweet about this on TwitterShare on Google+Share on LinkedIn