CELIGUETA, LA TORRE DE LA PRINCESA


Ha llegado la primavera o eso se supone que debería pasar. Las acequias comienzan a ser tragadas por la vegetación y los campos ondean junto con el barbecho, el poco cereal que se ha podido sembrar este año tan lluvioso. Esta es la percepción que tengo en mi paseo hacia Celigueta. Es tiempo de romerías y el Criadico de San Miguel que ve como me dirijo hacia allí me cuenta lo ansioso que esta por la llegada de los romeros. En cada curva me hace recordar aquellas canciones infantiles que nos cantaba mi madre cuando éramos pequeños a mis hermanos y a mi e íbamos las tardes de primavera hacia Celigueta para jugar en los escalones del torreón.
Recuerdo que conforme íbamos llegando se iba divisando el pueblo y su gran torre, que desde la distancia parecía de juguete. También la charca en la que en el fondo permanecerán las piedras tiradas años atrás.

Ha pasado el tiempo, y regreso con madurez; ya no tiro piedras en la charca, ni espero ver a la princesa saliendo del torreón en busca de su jinete acercándose a caballo… Ahora he vuelto con otros ojos, pero los recuerdos infantiles me embargan emocionado lo mas profundo de mi ser.
En lo primero que me detengo al llegar a este antiguo señorío del valle Ibarghoiti es la casa en la que vivió la señora Alejandra, ¡ todavía la estoy viendo azuzar a una cuadrilla de gallinas con una vara!
Un poco mas adelante veo la iglesia, una construcción del siglo XVI- XVII creada por los canteros Joanes de Ayerra y Martín de Sarasi. Apenas tengo recuerdos de este edificio y por eso me acerco a contemplarla de cerca y sentada bajo un árbol, el Criadico a través de los vientos de Izaga me vuelve hablar. Me cuenta que de la iglesia primitiva no quedan más que retales, las columnas apoyadas en el perímetro del edificio perecen resistirse a ser enterradas por el tiempo. Lo mismo ocurre con los restos de capiteles apoyados en los muros de un cementerio en el que la vegetación cubre las cruces de difuntos olvidados.
El Criadico me dice que las columnas y capiteles son restos medievales, pero esas columnas estriadas de gran incisión me hacen remontarme mucho más atrás en el tiempo. Mi emisor calla, y me invita a entrar en el interior.
El silencio y el frío me reciben al chirrido de la puerta, todo esta como si se utilizara habitualmente: los bancos, el pilar del cirio pascual, el mantel del altar… pero alzando la vista hacía el ábside, una virgen dentro de un retablo barroco, me dice lo contrario. Es una talla románica, una réplica, que alberga al niño y sus brazos parecen estar recogiéndose en señal de que ya hace mucho tiempo que nadie la abraza.

En el camino hacia el torreón, cuando éramos pequeños, recuerdo que le llamábamos al eco. Esta vez hago lo mismo y el rebote de mi voz trae consigo historias vividas en la que fue residencia nobiliar y después cabo de armería, teniendo protagonismo en la guerras de agramonteses y beaumonteses. Me cuenta que por señales de humo o fuego se comunicaban con castillos cercanos del valle vecino. Sus cuatro garitas que hoy quieren ir desgajándose del torreón sirvieron de celda a prisioneros. Sus almenas, reconstrucción de 1965, con grandes matacanes me hace recordar que algún enemigo pudo haber fallecido allí por el aceite hirviendo vertido.
Sentada en lo escalones que llevan a la puerta de entrada, donde mis hermanos jugaban a saltar desde el peldaño más alto, imagino al señor feudal asomado desde uno de sus ventanales observando todo su territorio, creyéndose inmortal. Hoy ya no queda nada de esos nobles bien vestidos, pero si un trocito de mi infancia y de mi alma que vagarán por aquí siempre.

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