ELIZABERRIA, PUEBLOS QUE MUEREN EN NUESTRO OLVIDO


En esta tarde soleada, vuelvo con las energías renovadas que da el astro solar para caminar por los pueblitos de Ibargoiti. El calórcito que segrega Lorenzo hace que las flores lo busquen abriéndose en todo su esplendor y llamando a esas abejitas que las polinizan y que sin ellas la humanidad tendría los días contados.

Con el sol calentando mi espalda y mi sombra haciendo de guía me dirijo esta vez hacia un entorno que hasta hace bien poco me era totalmente desconocido: Elizaberria o Lizaberri. Este es uno de los tantos pueblos, ahora fantasmas, con los que contó el término de Salinas de Ibargoiti, Getze.

Mi paseo va siendo agradable, en las acequias esas flores amarillas que cuando éramos niños nuestros padres nos contaban que si las cogíamos nos orinaríamos en la cama, las llamadas “meonas”.
Un poco antes de llegar a Salinas voy por un camino, y luego por otro, que es delimitación de dos campos, y poco a poco voy vislumbrando un pequeño semicírculo pétreo. Conforme me acerco una brisa suave venida de Izaga me devuelve de mis pensamientos infantiles y me trae de nuevo esa sensación de nostalgia y tristeza.
A modo de ocaso, de sol eclipsado, el ábside de Elizaberria asoma todavía cogiendo aire de ese ahogo vegetal al que hasta hace bien poco la tenia presa. Un sentimiento del que me hago partícipe. Mirando hacia Izaga una bocanada de aire me vienen y me traen noticias.
Elizaberria, o lo que queda de ella, es en la actualidad, unos cuantos muros grises de una iglesia con su ábside. Los vientos de Izaga traducidos en la dulce voz del Criadico de San Miguel, me cuenta que estoy ante uno de los edificios más antiguos de Navarra. Un monasterio del que algunos dicen data de la misma época que el monasterio de Leyre. Pero este a nivel rural, ya que seguramente no conseguiría ni tantos diezmos ni tantas riquezas como aquel. Me da a entender que fue un pequeño cenobio ¿creado tal vez, para albergar a cansados peregrinos antes de llegar a un descanso reparador en Monreal? o ¿un lugar en el que una pequeña comunidad de clérigos obedecía una orden religiosa que rozaría en muchos casos el eremitismo? El Criadico calla.

Imagino a vecinos paseando, venidos de la cercana localidad de Salinas en romería, o sin más, viniendo hasta aquí para que sus inquietudes fuesen calmadas por un entorno idílico, al que yo también he acudido más de una vez al abrigo de la Higa y de Izaga que cuidan desde lo alto a nuestros queridos pueblos que descansan en el llano.
Imagino una vida pasada, una forma de vida, un “ora et labora”. Un “ora” a la naturaleza, a las lamias de los bosques, y un “labora”, eremita, en el que los monjes de Elizaberria o habitantes del pueblo, ahora sin almas, trabajaría sus campos, alimentaría sus animales conservando luego su carne con la sal de los manantiales de Salinas…

Un puñado de flores observo alrededor de Elizaberria, y sí, flores también observarían, y las estudiarían para la preparación de mejunjes, pero sobretodo las respetarían ya que en tiempo primaveral, sabían del trabajo de estas abejitas que con su “labora” milenario e incansable, nos han cuidado y alimentado en silencio.
¡Cuánto tenemos que aprender de ellas!, para que nuestro “labora” no sea solo un “por mi y para mi”, ya que de nuestro pasado vivimos y lo estamos dejando ir, un pasado que nos cuidó, alimentó y educó, y ahora lo estamos dejando morir. Elizaberria, si no esta muerto, está agonizando.

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